Por Derecho (VI): Dos caras de la misma moneda

 


Libre estoy de ser acusado de tirar una piedra sin antes atizarme a mí mismo una pedrada, pero hoy será la excepción pues creo que el jueves pasado se dejó en claro al fin el entierro del criterio de la “afición” madrileña.

Empezaré diciendo que efectivamente, la novillada de Fuente Ymbro salió brava en líneas generales, con un primero bueno, un segundo extraordinario, un tercero tardo pero con posibilidades y un sexto con faena que se vio abrumado por el novillero. Pero no hablo de eso, vayamos primero con la paja y depués entraremos en el grano. Calerito, de marino y oro, tuvo una tarde aciaga, vulgar en líneas generales. Mala colocación, no acabó de ver los toros... se le juntó todo al chico. Tuvo su primer toro al que se le podría haber cortado una orejita al que, con todo, sacó dos series excepcionales bajo los primeros compases del agua, que con el chaparrón que nos cayó pareció venirse arriba pese a flojear en varas. Pero su segundo ya fue otro cantar totalmente venido a menos, parado y muy tardo.

Mató de una estocada caida, y un “metisaca”, un pinchazo y un descabello respectivamente. Por otro lado El Niño de las Monjas, con el mismo vestido que la semana pasada, vino igual e intentó hacer la misma faena. No le salieron las cosas como quería, porque el tercero le demandaba mando, aguantarle en el sitio y tirar de él, ya que la única vez que fortuitamente hizo esto el toro repitió. Con el sexto anduvo haciendo todo lo contrario a lo que pedía el novillo para entregarse también, un animal con embestida larga y humillando que se le fue de las manos toreando sin temple y bastante descompuesto.

Mató de una estocada en el rincón de Ordóñez y a su segundo de “metisaca”, pinchazo, estocada muy tendida y tres descabellos.

Pero lo interesante y grave tuvo que ver con el triunfador José Fernando Molina, de verde manzana y oro. Y hablo, por supuesto, de los de siempre: el terriblemente perdido Tendido 7, que bien podría llamarse Tendido 0. Entiendo que desde las localidades se ve todo mucho más sencillo, y no soy en absoluto partidario del “bajatú”, pero una cosa es eso y otra muy diferente ser malo con saña y selectivamente. La cuestión es que llegó Molina con unas ganas de comerse la plaza que pocas veces hemos visto este año, que parecía un clavel reventón como dirían los cursis, deseando agradar y hacer las cosas bien. Tuvo el lote de cara y cruz: un segundo muy bravo y un quinto sin faena. El quinto, toro que se vino a menos, peleó muy bravo en varas, recargando y metiendo los riñones, pero se fue apagando en banderillas hasta acabar absolutamente parado. Molina le planteó una faena de cercanías, con más valor y técnica que arte, tirando del burel pase a pase y aún así sacando alguno magnífico.

Dio una vuelta al ruedo tras hincar la espada en una estocada contraria, que de haber matado bien hubiese sido de premio. Las protestas del 7 se hicieron atronadoras en la plaza, protestando una vuelta al ruedo que en cambio en faena similar no le protestan a Roca, por ejemplo. ¡Es más, muchos de ellos imagino que hasta a Paco Ojeda, con esa terrible tauromaquia encimista con cualquier tipo de toro, le pidieron orejas! Hipócritas. Pero lo realmente grave pasó en el primer toro, ya que a mí sólo se me pareció Molina a un torero concreto, a un torero muy especial también albaceteño. La cosa es que nada más salir del toril, con el ruedo empapado tras el chaparrón del primer toro, el bicho era muy claro: humillador, codicioso, derribando al picador en el primer puyazo y empleándose soberbiamente en el segundo... era un novillo muy bravo. Y el chaval se puso: firme, serio, con un capote prodigiosamente templado y hasta valiente. Recuerdo un quite por la espalda extraordinario, en este caso al quinto toro, en que le aguantó al novillo tres embestidas vencidas y rozándole, y quedóse firme en el sitio sin moverse más que lo justo para evitar el golpe. Así fue la faena al segundo, pero con un plus de gracia y gusto toreando al hilo del pitón, alargando la embestida y aguantando la colocación aún
cuando, con más riesgo, se quedaba algo fuera y desplazaba al toro que miraba y buscaba el hueco y al hombre. Le dio una tanda por el izquierdo tremenda en la que le dio hasta un molinete, ligando como se debe, no toreando a la inercia como vemos normalmente, y templando como nadie. Pese a todo basó la faena en la derecha, aunque el pitón mejor del novillo fuera el izquierdo. Quizá ese será sólo el único error que podamos encontrarle, unido lo mismo a que necesita cerrar algo más el compás, pero el conjunto fue excelente.

Dije antes que me recordó a un torero muy especial, pero realmente fue una combinación de dos grandes toreros. Y es que por momentos creímos ver al mismísimo Dámaso González toreando con el valor de José Tomás. No me gusta reseñar los trofeos porque creo que influyen demasiado en la percepción de aquel que lee una crónica, pero la oreja que cortó es seguramente la más justa desde la de Gómez del Pilar en San Isidro. Aquella oreja isidril debieron ser dos, y esta de haber matado bien, igualmente las hubiera merecido. Fue una media estocada lo que se cobró la vida de Comisario, que así se llamaba el bravo novillo, y lo que impidió el rotundo triunfo.

Y llegó el momento de tensión, pues aquellos que aplauden al “Brujo de Galapagar” y se van hasta Jaén o Alicante a ver la degradación de su tauromaquia con cuatro animalitos escogidos, mermados de tipo y toreando sin competencia tuvieron la poca vergüenza de pitar una oreja más que justificada. Así se premia el talento, claro, así también castigamos al taurineo en vez de montarle los pollos a Ferrera, Manzanares, Perera y compañía que realmente los merecen muchos días, vamos a montárselo a un novillero que encima ha estado tremendo. La tauromaquia se está futbolizando, y quienes deberían ir
a la plaza a distinguir la exigencia de los ultras toristas y toreristas, se dedican a reventar la tarde como los locos que se pegan por un juego de pelota: gritan, pitan y no entienden a razones, sólo actúan. 

Lo siguiente naturalmente será pitar el himno nacional cuando suene, claro. Realmente no llego a entender cómo no han sacado algún cántico en que se acuerden de la estirpe de algún torero o presidente.

Las Ventas será el Bernabéu, o el Calderón, o incluso el Estadio de Vallecas. Porque, efectivamente, sólo se parece este tendido ultra a los famosos Bukaneros vallecanos; y pudiendo tener la razón muchas
veces, la pierden en estos pasajes de auténtica irracionalidad. En fin, me pregunto qué habrá leído esta gente para tener semejante entendimiento.

En cualquier caso esto, junto al palmerismo y al exasperante triunfalismo, demuestra varias cosas: a los toros se ha de ir con los deberes hechos, es decir, comido, hidratado y aliviado; en los toros se está a los toros, no se atiende el móvil, no se está a la coversa que no sea taurina, ni se está a mirar a las señoritas ni a los mozos... en los toros se está a los toros; alcohol y toros no maridan bien para la salud del espectáculo, convirtiéndolo en el mismo espectáculo de bajo calado intelectual que es el fútbol; la exigencia no está reñida con el respeto, así como la justicia no está reñida con la rectitud en la idiosincrasia de una plaza; el público taurino es un ente de acción-reacción, y tan grande será la protesta presente como premios pasados injustificados haya visto, produciéndose un fenómeno de pelota de nieve que se va acumulando y revienta por un lado diferente a cada tarde; y por último, el saber no se encuentra en los más voceros ni en los más rígidos, ni tampoco el buen aficionado es al que más toreros le caben en la cabeza como dijo un Gallo. El buen aficionado es el que antes sabe ver el toro para juzgar con la benevolencia o dureza que merece el torero, como ya dijo en su momento el Maestro Chenel. 

El buen aficionado es magnánimo.

Por Quesillo

Comentarios

  1. Gran crónica muy interesante tu punto de vista, además muy acertado. Se nota que los toros son tu pasión y que te sientes defraudado con estos nuevos tiempo del toreo

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