Por derecho (I): Ángel y Tomás

 


La historia del toreo está llena de parejas, al menos hasta hace 25 o 30 años, en que por última vez vimos la auténtica pugna entre dos incipientes figuras del toreo: el madrileño José Miguel Arroyo “Joselito” y el valenciano Enrique Ponce. Quizá no con la fuerza de antes, plasmada en anécdotas y leyendas de —por ejemplo— Luis Miguel Dominguín cuando al matar un toro en el 47 antes de la muerte de Manolete, levantó el dedo índice hacia el cielo diciendo: Yo soy el número uno. Quizá no con esa fuerza legendaria, pero sí con ese impacto de la competencia como se vió en la famosa Corrida de los Quites en el año 96. Pero realmente al final, convivieron de forma pacífica ambos en el trono de Guerrita: uno a diez años vista de su retirada y el otro aún con 25 largos años más por delante —y del que aún no sabemos si se ha ido o si está de vacas, porque no lo veo una excusa muy convincente para sí mismo la boda con la chiquilla con la que está, todo hay que decirlo—. Pero de ahí en adelante ya no se han perfilado dos toreros como candidatos en firme a ello. Ni Juli, ni José Tomás, ni desde luego Manzanares hijo, Castella y compañía.

Precisamente Ponce fue el que tras el Confinamiento de 2020 —tratándolo ya como un hecho histórico más— y la temporada 2021 ha tirado del carro del toreo y se ha toreado todas las corridas en las que quiso entrar —¡Ay José Tomás, ay Manzanares, ay Roca Rey, ay Juli lo que pudísteis hacer por el toreo y no quisísteis! Para que luego os llamen y os creáis figuras o toreros históricos...—. Pero, con todo, ya hemos salido del primer golpetazo que nos dimos en este barranco histórico. Y ahora hacen falta toreros, y prima un nuevo planteamiento ganadero, que el toro bobalicón al que sólo le falta hacerle la pedicura a los matadores ya está muy gastado. En esta cuestión creo que habrá unanimidad entre los aficionados: lo que mejor embiste es lo gris de Santa Coloma, Victoriano del Río, Castillejo de Huebra de Murube y poco más. De las ganaderías que se suelen lidiar, el resto que no sean mencionadas valen poco. Por lo tanto, conjeturando tras San Isidro, creo que hemos encontrado la solución —si apoderados y empresarios quieren, claro, que aquí hay que pagar siempre el peaje—. Uno, al pensar en la pasada feria madrileña, no puede evitar la frase: ¡Coño, si los dos matadores de toros que han abierto una Puerta Grande son dos toreros jóvenes! Y ahí reside la clave de toda esta cuestión. Ángel Téllez y Tomás Rufo, los portentos. Serán ellos los que tengan que tirar del carromato del toreo en este tiempo. Roca Rey no parece estar por la labor —que bonito sería, por otro lado, que estuviese dedicado a ello—, y el resto, la mayoría, ya tienen más años que un bosque. Sería un sueño ver ahí arriba al Maestro Robleño, al siempre grande Gómez del Pilar —que de no ser por semejante cornalón de novillero, estaba destinado a estar arriba y lo demuestra cada tarde—, al fenómeno Sánchez Vara... pero no es el caso, el tiempo no les ha dado esa oportunidad —el tiempo u otros factores—, y les toca ahora a los nuevos, como ocurrió tras la Guerra. Francamente les veo muy capaces, y tienen dos conceptos del toreo distintos, que ahora no toca analizar. Pero tienen lo que hay que tener y han demostrado que torear saben de sobra y con la capacidad no sólo de conectar con el público sino de que el aficionado aprecie su toreo, cosa la más importante de todas.

Por eso creo que, de cara a futuro, sería más que necesaria su intervención con la colaboración de empresarios y apoderados, porque tiran de la gente, y podríamos los aficionados volver a interesarnos de verdad por el toreo. Y, si ocurre lo que parece que va a ocurrir en el toreo con la llegada últimamente de mucha afición joven —muy mal educada como toda su generación, por otro lado, como vimos con los antros de las terrazas de Las Ventas— necesitarán de héroes en los que se vean reflejados, y no un Juli, un Manzanares o un Talavante toreando con bastón en vez de con estoque simulado.

Por Quesillo

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