La Sevilla infectada

 
Foto: Maestranza Pagés

¡Qué lejos quedó la alegría de ver al toro violento! Pues ahora en el tendido cala ver tres pases (que no toreo) consecutivos, objeto de tener la mínima escusa para alcanzar el éxtasis de pedir trofeos y premiar a cualquier espada. La corrida de ayer, de Santiago Domecq, fue una síntesis de la crisis de afición que sufre no solo Sevilla, sino cualquier ciudad importante taurinamente hablando. 

En el apartado ganadero salió un servidor feliz, como la mayoría, pues es de agradecer que salgan reses que en apuros ponga a cualquier torero –de ahí nacen las grandes faenas si es que el matador toma las riendas del mando y emana el arte–, y, a título personal he de añadir que adoro cuando en una corrida salen distintos tipos de toros: el duro, el dulce, el que tiene motor, e incluso el malo. Porque eso da la oportunidad de que cualquiera que se ponga delante muestre sus capacidades y agrade al respetable.

Y, tonto de mí, que esperaba algo, recordé que estaba en una plaza que a veces cuesta creer que sea de primera. Como acostumbra la actualidad, el tercio de varas fue un mero trámite, más duele aún si ves a toros que pueden crear interés y deberían haber sido lucidos (¿qué tanto le cuesta al torero ponerlo a buena distancia?).

Y más allá de "caprichos" personales, el debacle reside en el compadreo imperiante. Aplausos innecesarios, orejas regaladas y mucha falta de crítica. No se sabe hasta qué punto ser benevolente con un torero le favorecerá, pero más allá de ello, desde luego a la seriedad de la plaza no le viene nada bien. Porque las plazas de tercera están mejor para regalar orejas. 

Toros que, no sólo no fueron podidos, sino que provocaron el reconocimiento del adversario sin llevarse el propio y sí merecido. Toros que, en su mayoría, llevaban apéndices de más en el desolladero. Me pregunto qué pasará por la cabeza de quien pida una oreja o aplauda una faena tras ver cómo el cornúpeta ha rebasado las capacidades del espada. Digno de estudio...

Este agente infeccioso que inhibe la exigencia llegó hace tiempo a Sevilla. El problema es que parece quedarse, porque se siente como en casa.

Por Pablo Pineda

Comentarios

  1. El evangelio.
    Hace tiempo que el asistir a una corrida de toros, de esas que levanta expectación, se queda en un mero trámite de vaivenes con el capote o la muleta, al tiempo que el toro, se desvanece cuál azucarillo en un café. Mientras, el respetable asiente con aplausos a 3 pases seguidos. Poco más se ve.

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  2. Amen. Las orejas en la maestranza están muy barata. Y esa tarde hubo más ganado que torero. Mucho publico .poco aficionado

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