Sobre los límites de la heterodoxia

 


Como en cualquier rama del arte, el alboroto; la rebeldía; lo anormal; la extravagancia, y así enumerando hasta el aburrimiento, son sustantivos que, de no estar presente, harían del arte simple raciocinio, tan necesario como frío y seco cuando no se acompaña a la hora de expresar lo que uno siente, bien en el lienzo, con la pluma, en el albero o en el escenario.

La heterodoxia, bendita sea, impera en el olimpo de los grandes genios, pues Dalí y la rama vanguardista de la Generación del 27 no serían nada sin la locura que les hacía sempiternos. Pero, del buen uso de la heterodoxia se hicieron grandes. Cuando con naturalidad y respeto a la liturgia surgen las cosas, se alcanza el éxtasis artístico de cualquier rama.

Cuando Antonio Ferrera se forjó en lo más duro, nadie habría pensado en la deriva que en nuestros tiempos ha adquirido, y es que ha pasado de un toreo embrujado y rompedor, un toreo modernista que diría mi amigo Quesillo, al más esperpéntico show que se puede dar en el ruedo.

Y es esto así porque, oyendo la opinión de mucho aficionado y basándose en básica lógica, se concluye que la virtud, en este caso, ha derivado a vicio. Porque sí es virtuoso arrebatarse en un quite e innovar, pero es vicioso aburrir al serial con ello tarde tras tarde.

Gusto de sus formas en la muleta, nada puro dirían los puristas, mas transmite sensaciones que probablemente ninguno en el escalafón sería capaz en esas formas. Eso sí, de su capacidad nos ha hecho dudar, al menos a un servidor. Tragárselo este año en Sevilla ha sido todo un reto, y en eso de cuajar a toros difíciles no ha estado fino este año. Pero, siendo justos con su trayecto, es algo que ha de ser perdonado.

Y es el colmo de los colmos cuando, con tal de ser diferente, se llega a ser diferente para mal, y se cruza el límite de la heterodoxia. Alcanzar la linde de la ética y la estética dado un mal uso de la misma es lo que priva al Ferrera actual de proclamarse virtuoso, pues romper la liturgia de una corrida en una plaza de primera, es un delito en términos taurómacos. Como ya se lo imaginan, se refiere uno a eso de malpicar a un toro.

Porque, más allá de lo soporífero que es aguantar un show constante, que puede ser debatible si gusta o no, no es heterodoxo corromper el orden de una lidia para querer seguir encandilando al público. No es heterodoxo porque es un mal uso de la heterodoxia, más bien, es incorrecto. Zapatero a tus zapatos, torero a tu capote. En primer lugar, porque los picadores también lucen el oro, en segundo, porque están probablemente mucho más preparados que el que no es picador (aunque también se las traen), y por último, y por seguro más importante, porque no se puede acabar con la delicadeza de los parámetros establecidos para la lidia. Las prisas, malas en todos los aspectos, también priman cuando se dan estos casos de extravagancia de mal gusto.

Y, lo que más duele de todo lo escrito, es que haya ocurrido en una plaza de primera, de las más emblemáticas del mundo, y en una de las corridas más emblemáticas del mundo.

Ferrera, gustas como eres, pero no como estás.

Por Pablo Pineda

Comentarios