Necesidad de reminiscencia vanguardista

 

Foto: Juanjo Martín/ EFE


No lejos de augurar precipicios y agujeros negros para la tauromaquia, en el capítulo que hoy me atañe, haré de lancero contra las hordas taurinas (una vez más) para reivindicar lo que, más que un deseo propio de un joven, es una necesidad.

La corriente pesimista en el aficionado exigente es una realidad, no está en mi deseo amargar las lecturas del respetable, pero la realidad que nos rodea es la misma que nos muestra y avisa de que debemos estar en constante vigilancia con nuestros actos, y concretamente en estos días, con nuestras palabras.

Por suerte, y sí, por suerte, se ha abierto el melón del debate público con cierta seriedad que plantea si la tauromaquia es arte o barbarie. Y no han tardado en salir esos que, más allá de ver este debate absurdo, lo ven innecesario. No pueden estar más equivocados. Como corriente artística que nos reconocemos, pero en la que a diferencia del resto hay vidas en juego, tenemos el deber de estar velando por la ética y la integridad del espectáculo. Por eso no todo vale. Y menos, la recalcitrante actitud de esos taurinos que rechazan el virtuoso hecho de debatir las cosas.

Porque nuestra conclusión será quizá que es innecesario preguntarse si debe haber toros. Pero para ser ejemplares, hemos de abrirnos a demostrar que somos una corriente digna de defender, y luego, hablamos. Por esto, falta vanguardia. Falta vanguardia porque, para colmo, algunos de esos que se ponen a debatir, parecen un algoritmo matemático soltando datos y vivencias y más datos y vivencias. Perdónalos Chapu, porque no saben lo que dicen. Y es que, salvo escasos ejemplos, hay muy pocas personas capaces de mostrar una ontología taurina firme que se acople a las necesidades reales, que no ideales, que la tauromaquia necesita para ser defendible. Los jóvenes tenemos una bonita tarea.

Falta vanguardia, porque también falta que Talavante toree, que Ferrera aplique su tauromaquia no teatral, que Morante se porte así de bien siempre, y que Juli mate con decencia. Y, de buen seguro, es eso un factor vital para que la muchedumbre juvenil tenga referencias sanas.

Y falta reminiscencia, por supuesto. Le pregunto a mi abuela: “¿Qué es lo que más criticarías de la tauromaquia actual?”, a lo que me responde: “Lo que menos me gusta es cómo se hace el tercio de varas. No se puede dar un puyazo. Y por supuesto, el toro de ahora es menos bravo que el de antes.”. Sentenciosa cuanto menos. No le voy a dar la razón, aunque probablemente la tenga. Pero solo hay que abrir los oídos y un poco la mente para darse cuenta de que, para defender con juventud, coraje y sentido crítico la Fiesta que amamos, hace falta una serie de valores que se difuminaron con el tiempo: la fiereza del animal, la emoción, la sangre, y el buen gusto que nos transmiten las fotos en sepia. Porque esto está directamente relacionado con la ontología taurina necesaria que antes cité, y que la vanguardia ha de encontrar y defender en los platós y las tabernas.

Recordemos que esto es un arte que debe pasar por el filtro del raciocinio y la innovación para ser defendido cabalmente. Y si eso no ocurre… nos vemos en el infierno de la desaparición, amigos.
Por Pablo Pineda

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