Pido perdón

 


Lo siento. Me he portado mal como aficionado en la corta andadura que llevo. Pido perdón a los profesionales y taurinos ofendidos con mis pensamientos y aportaciones a la neotauromaquia. He sido malo, y ha llegado la hora de reconocerlo.

Pido perdón por gustar de un toro fiero, de esos que matan, porque sí, los toros matan. O al menos eso me gusta a mí. También me gusta que los toreros se arrimen y se jueguen la vida. Pido disculpas por que me guste Diego Puerta. Pido perdón por entender mal la bravura. Lo siento, no me gustan los toros nobles y de largo recorrido, esos que dicen que permiten el toreo. Me gustan los toros tobilleros y con calidad. Y que no perdonan. Sé que hay que ser mejor aficionado, pero no lo intentaré, por eso me disculpo.

También me gustan los toros de dudosa presentación. Con buena arboladura y astifinos. No me caen demasiado en gracia los toros bajitos y cornigachos. Por eso me emociono cuando sale por el toril “un tío” que provoca la reacción del respetable. Pero esos toros mayoritariamente no dan comodidad al que se pone delante, por eso me disculpo.

Detesto los caballos pesados y con armadura, y que los picadores sean ventajistas a la hora de echar el bayo encima del toro con la vara casi puesta. Me fascina ver imágenes de hace 60 años, cuando con un peto defendible, y un peso decente, el piquero tenía que realizar la suerte y hacer las cosas bien al toro. Sé que no es sencillo y ahora se busca la sencillez, por eso me disculpo.

Me emociona ver a un rehiletero jugándose la vida, dando el pecho al encuentro con el toro, pero más me emociona ver a un torero banderillero realizando bien la suerte, porque de esos casi no quedan. Pero es incorrecto protestar un par de banderillas a toro pasado, dada la complejidad de la suerte. Da igual que existan esos honrados que se pongan en apuros para amortizar la entrada del público. Lo mejor para el torero es dar espectáculo, ¿qué es la ortodoxia?, por eso me disculpo.

Y por último, me parece recalcitrante ver como un toro vuelve a los corrales tras el último tercio. Pido perdón por querer que los toros mueran en la plaza, y anteponerlo al triunfo -barato- del ganadero, que no del torero, aunque ellos lo crean. Lo siento, soy tan joven que no entiendo de esto, por eso estoy mal visto cuando protesto un toro del que dicen ser “de vacas”, aunque al mes aparezca una noticia en la que se anuncia una cornada mortal y se acaba el chanchullo. No quiero que se acabe con la suerte de matar, por eso me disculpo. Pero, he de decir que de todo el perdón que he pedido, poco cambiaré, tranquilos, seguiré haciendo ruido. Quizá me guste ser mal aficionado.

Al que haya llegado hasta aquí leyendo mi irónico artículo, que elija: agachar la cabeza ante los que nos imponen las moderneces de los parásitos en la tauromaquia, como ellos querrían, o alzarse en los tendidos promulgando verdad, integridad y ortodoxia.

Por Pablo Pineda

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