Afición inexistente, público masoca

 


Narraban las viejas crónicas -a veces único testimonio de lo que ocurría en las plazas de toros-, sucesos variopintos; descripciones que enaltecían la seriedad tremenda del toro bravo; pavor que transmitía el animal en el ruedo; la épica o el fracaso del matador; y el juicio de un público que normalmente tenía claro que, a cambio del dinero de su entrada, merecía ver buen material.

En los tiempos que nos han tocado vivir, nos quejamos y denunciamos (y la mayoría censura) los males de la fiesta, que inundan tarde tras tarde las redes sociales, altavoz de una realidad modificable y que por parte del sector profesional a veces algo oscura. Unos males que, son tan horribles que restan afición al más fanático, y que convierte esto en el espectáculo más anodino, debiendo ser el de más magnificencia.

Sin embargo, las cosas suceden porque son permitidas, y al fin y al cabo la tauromaquia es un producto que forma parte del mercado y, lo que se oferta es lo que se demanda, naturalmente. Y es por este sencillo motivo, por el que nos imperan los males frente a las virtudes. A pesar de que unos pocos de locos nos atrevemos a denunciarlos, la gran masa se dedica a comprarlos.

Por lo tanto, el problema de fondo en este asunto es la falta de educación taurómaca, aunque ese es un tema tan tratado que pondré en manifiesto algo más sencillo: la inocencia. Porque el pobre tonto que vacía su cartera para aguantar lo que en las plazas transcurre, no es más que un inocente.

Recalco que los males se dan a causa de que son demandados, y es que el jubiloso público taurino tiene que soportar en el ruedo una enumeración de defectos: toros mal hechos, pitones más que juzgables, mansedumbre, falta de conocimiento en la lidia, toreros completamente mecanizados, y un largo etcétera de problemas que de solucionarse necesitarían años.

Pero lo más destacable, a mi humilde juicio, son cuatro cosas. La primera, la falta de verdadera emoción (no forzosa) en los festejos, esa que pone los vellos como escarpias. La segunda, la ausencia de peligro, debido a la bonanza del toro actual en la mayoría de los casos (sin entrar en el término “bravura”). La tercera, el total pasotismo ante la suerte de matar, pues si entra la espada, todo vale, y no se valora ni la ejecución de la suerte, ni la colocación del acero. Recordemos que la muerte es el culmen del ritual, y debe hacerse todo correctamente. Ah, y los toros tienen que morir en la plaza. En ese aspecto, no se debe dar un paso atrás con la excusa del indulto barato. Y la cuarta, un atropello constante a la suerte de varas, pues esa maldita inocencia ha llevado a olvidar y no solicitar esta importantísima fase de la lidia en la que se comprueba la mayoría de las cualidades del toro, y a la vez exige al profesional un buen hacer complementario al de la faena de muleta, esta última sí (mal) valorada por el gran público. Y numerosas veces la suerte de varas es un mero trámite por culpa de la desequilibrada importancia que se le da a la muleta, por eso se suele decir: “¡ya está picado!”.

Sistemáticamente, el público es festivo, jubiloso y generoso con los toreros para satisfacer el atraco a sus carteras, pues la exigencia supondría la decepción en muchas de las tardes de toros, y eso no es conveniente. Por ende, el resultado es la decadencia, y ante todo el auto daño de quienes no se arman de valor para mejorar la realidad exigiendo en las plazas y recuperando nuestros valores como aficionados.

Y lanzo la pregunta: si de la noche a la mañana, el clima de los tendidos se torna áspero y riguroso, ¿no seríamos más dignos, defendibles, y tendríamos una imagen más saneada?

Por Pablo Pineda.

Escrito en la madrugada del 7 de junio, tras el deleznable indulto a Faraón de Santi Domecq por Julián López en Sanlúcar de Barrameda. Fruto de la ausencia de educación y excelsa inocencia por parte de un público de chirigota.

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