“¡Adiós , Madrid!”

 


“¡Adiós, Madrid!” fueron las palabras que pronunció Antonio Sánchez “el Tato” mientras le amputaban una pierna sin anestesia y fumaba un puro, tras una cornada de un toro de la ganadería colmenareña de Vicente Martínez en la antigua plaza de la Puerta de Alcalá allá por 1869. 152 años después, la afición venteña hemos de repetir esta célebre frase, pues la plaza de las Ventas ha muerto tal y como la conocíamos, y con ella, me temo que también la fiesta de los toros en su pureza.


La gota que ha colmado el vaso ha sido el bochornoso espectáculo circense producido ayer en la otrora exigente y seria Monumental de las Ventas. Pocos aficionados quedan ya en este coso, o si los hay no pueden ya mantener el rigor que se le supone a esta plaza ante las hordas de triunfalistas que desfilan por los tendidos, gin-tonic en mano, incluso durante la lidia, escaleras arriba y abajo, no vaya a ser que sin el cubata se acabe su diversión y jolgorio, sin importarles lo que sucede en la arena. Esto ya no es público de clavel, es de otro nivel, carente de la más mínima sapiencia taurina. Deben de ser estas nuevas gentes que pueblan los tendidos, “aficionados” que han “aprendido” de esto viendo las retransmisiones de Canal Toros con sus vergonzosos comentarios, pues buena culpa tiene este canal del desconocimiento que impera en el público general y la decadencia de la fiesta.


Tras el petardo ganadero y la lamentable actuación de Antonio Ferrera (en otros tiempos al arrastre del cuarto hubiera habido bronca generalizada), no contento con ello, pidió lidiar un sobrero. Estaba en su derecho, como también lo estaba el presidente de no concederlo. Pero se lo concedió, y también una de las orejas más baratas de la historia de esta plaza. Pero ya el sumun de la ridiculez ocurrió cuando pidió lidiar el segundo sobrero, que incluso se anunció por megafonía, para minutos después anunciar que no se podía porque así lo impide el reglamento. Esto ya rozó lo berlanguiano. Si se descuidan pide sacar los mansos de Florito para estoquearlos también.


El presidente, con buen criterio, puso un poco de cordura ante el triste espectáculo que presenciábamos los aficionados alli reunidos, mas el público la tomó con él, llegando a haber una alteración del orden público con lanzamiento de almohadillas incluido, por la insistencia de Ferrera y la negativa del usía. Debería de ser multado y sancionado el matador, que llegó incluso a encararse con el delegado de la autoridad en el callejón por no ver cumplidos sus deseos. Como también debería ser sancionado por saltarse el reglamento durante el tercio de varas del segundo, pues mandó al varilarguero que guarda puerta salirse del ruedo.


¡Qué espectáculo más deprimente, bochornoso e indigno de la primera plaza del mundo! ¿Qué pensarían aquellos aficionados como el Lupas, el Ronquillo, el Ensabanao o Salva que junto a muchos otros conformaron la idiosincrasia de las Ventas? ¿Qué pensaría el maestro Chenel si viera en lo que han convertido su casa? Es tal la deriva que me atrevo a vaticinar que en un tiempo no muy lejano Palomo Linares dejará de ser último matador en cortar un rabo.


Algún domingo veraniego y fuera de feria la plaza puede volver a parecerse un poco a lo que un día fue, cuando allí nos demos cita los aficionados y los turistas asiáticos con tres matadores honrados acartelados con saltillos. El resto está perdido, y por ello los aficionados abandonamos ayer nuestro querido coso venteño con una pena negra.
Guillermo Colmenarejo (Andanadadel12)


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