Por sus fueros

 


Seis meses y medio después, volvió Diego Ventura. Y lo hizo por sus fueros, como es marca de la casa. Pletórico. Exultante. Arrollador. Genial. En Diego Ventura. Como si no hubiese pasada nada de lo que sigue pasando. Como si el tren de la vida normal no se hubiera detenido nunca y las temporadas se hubieran seguido sucediendo como añoramos. Como aquel sabio profesor que, tras años privado de libertad y de poder impartir su magisterio, pronunció aquello del “Como decíamos ayer…”

Quedaba pendiente la cita de Barcarrota, la primera de 2021, tras el aplazamiento por lluvia de quince días antes. Esta vez sí hubo toros. Toros y fiesta. La fiesta de una plaza llena en la totalidad del 50% del aforo permitido, con el cartel de “No hay billetes” luciendo en la taquilla, con la gente feliz por el reencuentro con lo que más le apasiona y le emociona. Con lo que le hace vibrar como Diego les hizo vibrar hoy en el conjunto de una tarde redonda e impecable. De cuatro orejas y un rabo. De dos faenas que fueron dos lecciones. De un puñado de los caballos de siempre comportándose como si no hubiesen dejado de torear en ningún momento. Finos, precisos, exactos de forma y fondo, de capacidad y de torería. Y de tres caballos nuevos también, ilusiones que vienen naciendo después de varios meses de trabajo incesante y callado, sin pausa alguna, porque Diego sabía, sentía, que este momento llegaría. Fabuloso, Generoso y Guadiana. Apunten sus nombres. Darán que hablar.

Por empezar por ellos, los tres fueron grandes protagonistas de la faena del rabo, la segunda de Ventura. A un toro sin ritmo y algo bruto en sus acometidas. Pero como si fuera bueno lo trató Diego desde el recibo sutil con Campina. Ni un tirón, nada fuera de tiempo, todo ajustado a los cánones de la lidia que el de Los Espartales pedía. Abrió el tercio de banderillas con Fabuloso, con el hierro de Braga y que tiene loco a su torero.  Se ajustó en todo el caballo: en los embroques a los que llegó dando los pechos, en la batida y en la salida de las suertes sin alivio alguno. Fue entonces el turno de Bronce, un caballo que pareciera no tener techo. Cuanto más le pide Ventura, más ofrece el animal. Hizo lo de tantas veces, es decir, llegar y clavar muy de frente para quedarse a dormir en la misma cara, en la que torea con tanto gusto como valor sincero que reviste de una belleza sin igual que es fruto de la enorme clase que derrocha. Apostó entonces por Generoso, del hierro de Tomás Morenés, con el que clavó tres cortas de mucha ligazón antes de coronar con Guadiana con un par de rosas a dos manos y un rejonazo perfecto que no dejó lugar a la duda. La obra estaba culminada a lo grande.

Se dejó más su primer toro, que Diego Ventura recibió a portagayola con Guadalquivir. Fue el prólogo de la gran actuación de Velásquez, que no es nuevo en la cuadra, pero que no ha aparecido mucho aún porque está en el fuego lento donde al jinete de La Puebla del Río le gusta cocer lo importante. Toreó de costado con gusto y con clase también, enganchando las embestidas y llevándolas prendidas muy metido en la suerte. Con Lío fue el momento de la emoción en dos chispazos geniales en forma de sendas banderillas al quiebro antes de un carrusel de cortas y un par a dos manos con Guadiana de enorme rotundidad. Muy certero también con el rejón de muerte, se alzó Diego Ventura con las dos primeras orejas de un nueva y ansiada temporada que arranca como le es propio: por sus fueros.

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