Miguel Abellán: " El triunfo de la ignorancia"

 


Con los votos de muchos socialistas y de Unidas Podemos, JuntsxCat, Catalunya En Comú, Bildu y ERC, se ha votado en el Parlamento Europeo, por iniciativa de los Verdes, una enmienda que pretende privar de la PAC (subvenciones de la política agrícola común) a las ganaderías de reses bravas. Ante la sinrazón de nuestros representantes paisanos, uno se queda sin habla. Pero conviene hablar para que no triunfe su ignorancia.

¿Qué es el toro bravo? Según lo que he leído, los historiadores dicen que en tiempos remotos era un animal sagrado para los primeros pobladores de la Península Ibérica. Según los veterinarios dedicados al toro bravo, con los que he hablado, es un bovino fuera de lo común; el único cuyo genoma repite en parte el del uro primordial, el único que tiene una doble circulación coronaria para impedir el infarto, una amígdala cerebral más grande que aviva sus sentidos, diferencias físicas producidas a lo largo de los siglos por su adaptación al combate, o quizá heredadas del uro agresivo y perdidas por el resto de los bovinos domesticados. Cualquiera sabe. Además, los científicos añaden que la raza de lidia ofrece una variabilidad genética muy superior a la de cualquier otra raza bovina, que es una raza de razas en la que anidan todos los genes de los bovinos de Occidente.

Para mí, que soy torero, el toro es una cuestión personal, un animal con el que he mantenido una relación difícil de explicar. Le he temido, me ha quitado el sueño, me ha hecho creerme superior. Unas veces me ha enseñado mis límites, y otras, que mi torería no los tenía: ha sido mi enemigo cuando me hería y mi cómplice cuando triunfaba, con él he creado algunas obras de arte. La verdad, le guardo afecto. Sí, ya sé que esto es una cuestión privada, pero no se me negará que el toro de lidia es un animal muy especial, casi algo más que un animal: un animal con nombre propio (otorgado por línea materna), con una familia (la reata), con una tribu (la ganadería) y con denominación de origen (en el caso de Europa, España, Portugal, sur de Francia).

Sinceramente, no entiendo que precisamente los Verdes, supuestos ecologistas, quieran cargarse 500.000 hectáreas de la dehesa ibérica, territorios de explotación extensiva (1’6 cabezas de ganado por hectárea), sumideros de CO2 y fuentes de oxígeno, conservados por el toro, animal que preserva los pastizales, limpia los matorrales, defiende el suelo de los incendios estivales, frena la incursión de furtivos y pirómanos, da albergue a aves migratorias y otras especies silvestres en peligro de extinción.

Es una gran contradicción que precisamente los Verdes atenten contra la sostenibilidad del hábitat del toro de lidia, un hábitat que es un paradigma ecológico y que, dicho sea de paso, reúne todos los requisitos hoy añorados para la recuperación del bosque europeo. En España lo ha preservado la venta de la bravura y el empeño de pequeñas empresas familiares (en capital, facturación y personal). Pero a los Verdes europeos se les puede disculpar su desconocimiento, pues en sus países hace tiempo que desaparecieron los descendientes más directos del uro. Por el contrario, es indignante que parte de nuestros representantes en Bruselas, que sí deberían conocer su país, se hayan sumado a la represora enmienda, además este año de pandemia vírica, que ha clausurado la temporada taurina y colocado a todas las ganaderías al borde de la quiebra.

¿Sabe nuestra supuesta progresía política que el toro durante su lidia sustituye su instinto de conservación por el instinto de lucha propio de su singular naturaleza, la que lo libera de su estrés, palía su dolor y lo empuja a embestir? ¿Saben esos progres desinformados que el toro bravo sacrificado en el ruedo representa el 0’47 % con respecto a los bovinos sacrificados en cadena, sin posibilidad de superar su estrés, en los mataderos industriales de nuestro país? No, no lo saben. Por eso no creo que les mueva la mala fe. Les mueve un abrumador desconocimiento. Son los ejecutores de un triste triunfo: el de la ignorancia.

Por Miguel Abellán


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