Marco Pérez, niño prodigio del toreo, madura en silencio





Con nueve años ya estuvo este niño dando sus lances a una becerra en la plaza de Ávila causando admiración por la forma que atesoraba su incipiente cuerpecillo en el manejo de capote y muleta. Este privilegiado y dotado infante para la causa taurina a la que quiere, dedica su ilusión y se prepara todos los días en la Escuela taurina de Salamanca de donde procede y en donde surgió una tarde noche en la Glorieta, de esas que causan admiración y sorpresa a quien lo ve, está señalado por la gracia.

El porte, el estilo, la colocación, la forma, la actitud y sobre todo la decisión singular para dedicarse al arte de torear tienen en este jovencito alumno de la Tauromaquia charra un hito de futuro singular. Ahora, con doce años recién cumplidos está apoderado por el torero francés Juan Bautista, maestro de visión, hondura y lealtad, para ser quien dirija los pasos de la más  firme promesa de la Escuela Taurina de Salamanca. El acuerdo se selló en Madrid, con el propósito de preparar y dirigir la futura carrera profesional de Marco Pérez, el niño que desde su ingreso en la Escuela de Salamanca sobresalió con unas cualidades innatas. Aquí la decisión de los padres para que sea Juan Bautista quien se ocupe de su preparación y de dirigir su futura trayectoria en los ruedos, ha sido primordial y muy posiblemente resulte un acierto pleno para esta regeneración de nuevos brotes como precisa el dificilísimo arte de torear.


Marco Pérez, un renacuajo todavía simpático y grato, tiene en su porte el aura de torero. Pero no se debe adelantar, madurar la fruta antes de tiempo, porque si no, como todo en la vida, el final no se pinta tan bonito como se presupone.

Ya conocen nuestros lectores aquel paseo que daban por el campo un abuelo y su nieto y, al pasar bajo un peral, el muchacho vio en el suelo una hermosa y muy apetitosa pera que recogió para hincarla el diente con fruición y ansia. Pero al morderla comprobó que la misma estaba todavía verde y golpeada, escupiéndola y arrojándola al suelo. ¿Por qué le ha pasado eso a la pera, abuelo?. Y el anciano, en su sabiduría le contestó: Hijo, la pera abandonó el árbol antes de tiempo, antes de su conformación madura, dulce y gustosa. Por eso aunque en parte parecía madura, sin embargo estaba aún inmadura y verde.

Bien está la madurez silenciosa, pausada, lenta, a su tiempo. No querer hacer una figura antes de alcanzar la experiencia imprescindible, necesaria y precisa.

En cualquier caso, aquí está tentando una erala en Jandilla en unas fotografías de Mauricio Berho, con su estilo, arrojo y espectacularidad merecedora de atención y seguimiento.

A ver si pronto pasa la situación por la que atraviesa la Tauromaquia y empezamos a ver en la práctica las esencias de este y de todos cuantos quieren ser toreros y que practican, se forman, entrenan y profesan la vocación grandiosa de querer ser torero.









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